Autores
Manuel González de Ávila
Palabras clave
Posmodernidad, transposición, legitimidad, exhibicionismo

2 septiembre, 2012

Cita

“Desde los cuatro libros abiertos de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF, construida en París por Dominique Perrault) hasta el geiser cristalizado de la torre Agbar de Jean Nouvel para la sede de la Sociedad de Aguas de Barcelona, pasando por la espuma del envoltorio del Water Cube de Pekín —una piscina olímpica entregada por la agencia Peddle Thorp & Walker (PTW), lo esencial del edificio resulta ser un “motivo” que se cuenta más de lo que se muestra. El edificio opera como la traducción visual de un discurso, como un equivalente rígido de juegos de lenguaje que pueden recordar a un gesto publicitario. La fachada es el cartel, y el espacio interior su consecuencia, como el reverso de un decorado.

En esos proyectos emblemáticos de nuestra época la percepción del edificio es menos una invitación, un prólogo, una llamada, que el soporte de un discurso —por lo demás, a menudo bastante simple—.

(…) en cambio, cuando el edificio se considera como un signo, es decir como la traducción literal de un concepto (por ejemplo: piscina = agua = espuma = la fachada de burbujas del Walter Cube, lisa y uniforme, monolítica), entonces no ya no cabe composición de partes que se involucren en la coherencia de las líneas arquitectónicas, sino una “historia” contada ya sea sobre una fachada tratada como un papel pintado, ya sea a través de una forma arquitectónica que toma su objeto al pie de la letra, como sucede con la BNF.

Por la ingerencia del texto en la creación arquitectónica, la forma escapa a la estructura del lugar, a las necesidades de uso, para pasar a emplazarse bajo la autoridad de un propósito, de un discurso.

La minucia en la escritura arquitectónica de un concepto no podría nunca reemplazar la precisión cualitativa de una ciencia menos codificable, pero esencial a la experiencia estética, esa “matemática sensible” cara a Le Corbusier, para quien la arquitectura comienza allí donde termina el cálculo.

Tal dispersión de discursos y de figuras, cuyos vagabundeo, soledad y vanidad reflejan la anomía que acompaña al liberalismo —incluida la anomía estética—, recuerda sorprendentemente a la confusión de Babel.”

Karin Basbous, « ¿Construir o brillar? », Le Monde Diplomatique nº. 701, Août 2012, p. 27.”

Glosa

La arquitectura ha sido un poderoso motor de la reflexión intelectual en la posmodernidad. Basta con recordar que la semilla posmoderna prendió en el terreno de la teoría y práctica arquitectónicas, para desde allí colonizar las ciencias sociales y las humanidades. Un artículo como el precedente, del que solo recuperamos algunos fragmentos, permite escuchar una señal de alarma procedente de una disciplina claramente “aplicada”; una señal de alarma que nos previene contra el exceso de intelectualización y, por qué no decirlo, de semiotización culturalista de algunas de nuestras prácticas sociales. El pansemioticismo, la obsesión con imprimir en todo objeto, texto, práctica o situación el cuño de una voluntad de significado, puede convertir en una deformación escolástica aquello que debe estar sujeto a otros criterios que no son única ni fundamentalmente semánticos. Denunciar que la última arquitectura, la de los arquitectos “estrella”, procede con frecuencia más de un afán exhibicionista que de una intención constructiva, y que dicho exhibicionismo se apropia de referentes científicos, artísticos y literarios para gestar edificios cuyas formas y materiales contradicen su función, cultivando una suerte de teoreticismo autocomplaciente en lugar de una pragmática del uso, supone una saludable advertencia contra el vaciamiento de los signos, que solo son sensatos, solo tienen sentido, dentro de precisas circunstancias de empleo, y con finalidades específicas. El resto es biblioteca infinita, una pesadilla intextextual soñada por los productores de símbolos, fruto venenoso de la megalomanía; de la megalomanía efectiva de los arquitectos, receptores actuales de grandes cantidades de capital financiero y de capital simbólico, o de la megalomanía compensatoria de los intelectuales, cuyo capital cultural no suele sostenerse sobre un capital financiero o simbólico equivalente, y por eso se devalúa sin remedio. ¿Cómo servirse entonces de la ciencia, cómo transponer sus conceptos al arte o a la literatura —porque no queremos renunciar a ello—, pero sin cometer los errores de la última arquitectura, la grandilocuencia, el narcisismo, la artificiosidad?